Cuando pasé de ser talla extra grande a ser extra pequeña, fue el cambio más grande que he hecho en toda mi vida. Fue mi propio gran cambio, porque no sólo resultó ser un cambio físico, sino un cambio de mentalidad y actitud que nunca creí llegar a tener.
Recuerdo cuando escuchaba a mis compañeros de universidad hablar sobre el deseo sexual, y cómo se reaccionaba fácilmente a estímulos, independientemente de quién te diese esos mismos y cómo automáticamente sentía un horrible rechazo, teniendo en cuenta que yo (en ese tiempo), para llegar a sentir algo, debía gustarme demasiado la otra persona. Lo sé, era una blanca paloma que le causaba repulsión el simple hecho de besarse con alguien que no conocía en un night club. Eso, hasta que bajé de peso de forma increíble.
No estoy segura en qué fecha fue la que salí por primera vez con mi nueva figura, pero sí recuerdo la primera noche que besé a alguien en una fiesta. Era fiestas patrias y con mi mejor amiga habíamos estado horas arreglándonos antes de partir al nightclub. Recuerdo que esa noche cuando entré al local, por primera vez sentí múltiples miradas encima mío, pero no esas miradas de reproche sobre mi cuerpo, sino miradas lascivas. Me sentí bien por primera vez en mucho tiempo, me sentí deseada, me sentí como si pudiese lograr todo lo que se me propusiera por delante.
Como imaginarán, los hombres no dudaron en acercarse a pedirme bailar, y ¿Saben? Por vez primera me di el lujo de aceptar sólo a los que me parecieran atractivos, y de rechazar a los que no me llamaban para nada la atención. Hasta que apareció ese chico. No, no es la historia de cómo conocí al príncipe azul de mi vida, si es lo que están pensando, sólo fue un chico, pero para ese instante de la noche (y seguramente gracias a los vasos de vodka que había bebido), me pareció el chico más atractivo de todo el local. No recuerdo su nombre, y si soy sincera, creo que nunca le puse atención cuando me lo dijo, pero sí recuerdo el color de sus ojos; un azul completamente fuerte, que me hacía pensar de inmediato que su tez blanca y su cabello rubio, no eran precisamente originarios de Chile, por más que él y sus padres fuesen más chilenos que los porotos. Obviamente acepté cuando me pidió bailar y cuando vi que mi mejor amiga se había puesto a bailar con su amigo, me despreocupé de todo lo que pasaba a mi alrededor. Fue la primera vez en mi vida que me sentí el deseo de alguien, primera vez en mi vida que sentí ese cosquilleo en el estómago que me hacía sentir la mejor de todo ese acalorado lugar. Bailamos por mucho rato, y sentirme así, me hizo tener en mente que podía tener a cualquiera que yo quisiese. Y sucedió, nos besamos, y lo besé de la mejor forma que podía, creyéndome la mejor y él me respondió igual, por ende nuestros besos duraban lo más que se podía. ¿Y saben? Cuando me empezó a tocar no me negué, y al fin comprendí eso que hablaban mis compañeros de universidad, el deseo es más grande que la moral cuando se está en la situación, y lo fue, y creo que si pudiese lo repetiría una y otra vez.
Seguramente pensarán que me enamoré de ese tipo esa noche, y no, no lo hice. Es más, cada vez que me hablaba me parecía desagradable el cómo se le marcaba en la voz el desprecio hacia las personas que él consideraba menos que él. Terminamos de bailar y nos despedimos con un último beso, uno pequeño que dejó a mi mejor amiga impactada, y que la llevó a besarse con el amigo de él. Desde esa noche, no he dejado de sentirme deseada por el sexo opuesto, y créanme, no dejé de sentir que podía tener a cualquiera hasta un episodio que contaré más adelante.
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